¿Qué es democracia?, dices mientras clavas
en la urna tu sobre cerrado.
¿Qué es democracia? ¿Y tú me lo preguntas?
Democracia… eres tú.
Tras esta injustificable agresión literaria a Bécquer por mi parte, esto es lo que nos han repetido durante más de dos siglos. Debemos hacernos una pregunta incómoda: si la democracia somos nosotros, ¿por qué da la impresión de que nuestra participación termina exactamente donde empieza el recuento de votos?
La respuesta habitual consiste en encogerse de hombros y señalar la urna. Hemos votado, hemos participado de la “fiesta” de la “democracia”. Sin embargo, si nos sentáramos a hablar con un ciudadano ateniense del siglo V a. C a explicarle lo que entendemos por democracia, seguramente levantaría la ceja con una expresión “ancelottesca” como si le hubiéramos dicho que una hamburguesa con salsa de pantera rosa es gastronomía de alto nivel. Porque para los griegos votar era importante. Pero la democracia era bastante más que votar.
Democracia ateniense:
Los atenienses creían que eran los ciudadanos los que debían participar de los asuntos públicos (de ahí el término dēmokratía, que viene de dēmos, «pueblo» y kratos, «poder»). Por participar me refiero a hacerlo de verdad, no metiendo un papel en una urna y escribiendo post enfadados y memes en redes sociales. Era en la Asamblea donde se debatían las cuestiones fundamentales de la polis. Muchos de los cargos públicos se elegían por sorteo y los mandatos eran breves.
Los atenienses desconfiaban de los políticos profesionales. Nosotros hemos conseguido que haya personas cuya única profesión sea dedicarse profesionalmente a convencer a los ciudadanos de que la política profesional es imprescindible (y que sean los únicos trabajadores públicos que decidan cuanto deben cobrar por ellos mismos…). Los atenienses también desconfiaban de cualquiera que acumulara demasiado poder durante demasiado tiempo.
Aristóteles decía: «El sorteo es considerado democrático; la elección, oligárquica”. Esta idea tenía mucha lógica para un ateniense, pues si los ciudadanos eran iguales políticamente, cualquiera podía desempeñar los cargos públicos. Si fuera por elección, se tendería a elegir siempre a los mismos: famosos, influyentes o hábiles en la oratoria. 2.500 años después hemos decidido que la democracia es lo contrario a lo que concebían sus creadores. Por su parte, Pericles (según Tucídides) dijo: «Nuestra constitución se llama democracia porque el poder no está en manos de unos pocos sino de la mayoría.»
De la oratoria al marketing de partido:
De tener políticos profesionales, por lo menos podrían tener las dotes de oratoria y escucha que tenían personajes como Demóstenes. Nuestros oradores deben tener un séquito de consultores de imagen, expertos en marketing, estrategias digitales, expertos demoscópicos, etc. para saber cuántas veces por minuto deben repetir palabras clave. Al final, creyendo parecer intelectuales, no mejoran una zona mixta postpartido donde los jugadores sueltan frases hechas como “sabíamos que el rival era difícil”, “dimos el 100% en el campo”, “hay que luchar partido a partido”… Y todo esto pagado por nosotros. Dicho todo esto, no quiero presentar la democracia griega como perfecta, ya que tenía muchos errores, pero es cuanto menos tragicómica la comparación.
Hoy en día creemos vivir en el gobierno del pueblo, y teóricamente es así. Pero la realidad es que nuestra intervención empieza y acaba en el colegio electoral, donde depositamos nuestro voto / cheque en blanco por 4 años para que otros ejerzan la soberanía. Si el político no cumple, o modifica su programa electoral, solo nos queda esperar 4 años. Como dice Green Day en “21st Century Breakdown”, solo nos queda “la libertad de obedecer”.
4 años de cheque en blanco:
Otro aspecto curioso es la elección misma. Mucha gente cree haber votado al presidente, pero en realidad solo los votantes de Madrid votan a la persona que puede serlo. Solo se nos concede votar una lista cerrada de personas elegidas por el partido. Pero no nos quejemos, ¡hay muchas opciones! Otra cosa es el valor de estas, pues muchas veces pareciese como elegir entre Baal y Moloc.
Las campañas electorales son como ese canterano que despunta en pretemporada, todo son bicicletas, chilenas y te ilusionas, pero en noviembre ya ni te acuerdas de él y tienes a tu delantero estrella jugando de lateral con el equipo pidiendo la hora.
No pretendo idealizar la democracia ateniense, ya que esta estaba lejos de la perfección. Una democracia donde participaban los ciudadanos, pero no todos lo eran: algunos eran esclavos o como los llamaba Varrón en el siglo I a. C.: «herramientas que hablan«. Pero bueno es preguntarse si los creadores de este sistema vieran el nuestro ¿reconocerían algo de lo que ellos crearon o solo el nombre?

